Te han insultado en este foro?
Tema
aniak ha escrito el 21/01/2010:
Por cierto, los autores de esos comentarios son los propios dueños y administradores de la página (comprobado mediante IP).
Os dejo el formulario a rellenar, para que conteis vuestra experiencia personal, el cómo y porqué os agredieron verbalmente, en la mayorÃa de los casos por ser sudamericanos, de Europa del este, homosexuales...
Dicho quede que he invitado en varias ocasiones al administrador de este foro a dar una explicación y a enmendar lo que estaba ocurriendo y he obtenido más insultos por respuesta.
http://www.ocu.org/asesoria/
Estamos esperando vuestras denuncias. Sin vosotros no podremos inicial acciones legales.
Un saludo.
Comentarios
anonimo ha respondido el 21/01/2010:
pero que problema hay? lo mejor es no postear más en el foro y que quede vacio. Nadie lo visitará, ahora la gente entra para hecharse unas risas, este no es un foro serio, todo el mundo lo sabe, solo entra gente para pasar un rato divertido. Muchas veces son los mismos españoles los que postean como si fueran sudamericanos.
Si quereÃs respuestas serias investigar otro foro, ahora se ha abierto uno nuevo, creo que es irlanda.foroactivo.net este es serio y nadie se ha registrado.
La gente quiere reirse y si algunos se lo toman mucho a pecho pues que no entren , posteen y contesten, que algunos sudamericanos no se han quedado cortos en insultar a los españoles.
Asi que yo como española tambien me podrÃa sentir herida pero como tengo sentido del humor no le doy importancia alguna.
ESTE FORO ES GENIAL....YO HAGO RISOTERAPIA A MANSALVA Y VOTO PARA QUE NO LO CIERREN!!!!!
anonimo ha respondido el 21/01/2010:
"Dicho quede que he invitado en varias ocasiones al administrador de este foro a dar una explicación y a enmendar lo que estaba ocurriendo y he obtenido más insultos por respuesta"
anonimo ha respondido el 21/01/2010:
no es un poco excesiva la medida aniak??? yo creo ke n vale la pena perder el tiempo y amargarse la vida de esa manera....
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
Perdonad chicos, el último anonimo y Aniak, pero lo que parece es que estais un poco amargadillos...si no os gusta no teneis más que iros a otro foro, hay muchos foros serios en la red, dejadnos tranquilos pasando un buen rato.
Quereis ir de héroes salvadores y legales, y nos estais jodiendo un poco...a quien no le gusta que se largue, y NO NOS MOVERAN!!!
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
Que decida la LEY... ... ... que para algo esta hecha la LEY!!!!!
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
sino te gusta no te metas en el foro, nadie te ha puesto una pistola en la cabeza...tan sencillo como esto...yo me parto el culo de risa...
Estoy hasta los huevos de los j*didos progres estos...putoscerdossocialistas/comunistas...no dejais libertad de opinion y si no os gusta lo que veis a cerrar sitios como elputogobierno del cejas que quiere cerrar peliculasjonkies,etc basura humana
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
pues si,os vais a otro foro como el de spaniards,mil veces mejor...ke triate gastar vuestro tiempo en denunciar los amargadillos estos...
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
bueno o por lo menos que no salga de primeras en google cuando poner foro Irlanda, porque para gente que no le gusta perder el tiempo y pedir consejo o ayuda es un coñazo dar con este foro de niños pequeños o inmaduros...
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
El nuevo foro ese esta triunfando...18 visitas en 3 dias...uffff....
A todos estos ciudadanos delmundo, aqui nadie obliga a ver este foro o leer lo que se dice. Sino os gusta, no os metais pero no esteis dando x culo a los demas, comprende?
si os sentis ofendidos, pues no lo leais...asi q relajaos,ok?
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
Te aconsejo, Aniak, que antes de emprender esta acción cojas un revolver con una bala en la recámara y te saltes la tapa de los sesos.
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
jajajjajja, Esto para LA TELARAÑAS:
SI EL FORO NO ES DE TU AGRADO YA SABES LO QUE TIENES QUE HACER...
Si te crees que nos importas tus denuncias a la OCU...Esta es nuestra reaccion, Telarañas: JAJAAJAJJAAJAJAJ
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
¡¡¡¡multiplÃcate por cero!!!!
anonimo ha respondido el 22/01/2010:
TELARAÑAS:
http://irlanda.foroactivo.net/index.htm
anonimo ha respondido el 23/01/2010:
La telarañas lo que necesita es un buen polvo...o paja en su defecto
anonimo ha respondido el 23/01/2010:
A ver, Propongo nombrar PERSONA NON-GRATA de este foro a La Telerañas.
A partir de este mensaje se habre un hilo de recogida de firmas anonimas para que se vaya al nuevo foro a dar por saco a otro lado.
Por favor todo aquel este de acuerdo que lo exprese con total libertad sin miedo a ser denunciado a la OCU
anonimo ha respondido el 23/01/2010:
aarghhh!!!! escorbuto, me producÃs!!!! atajo de nenas!!!!!
anonimo ha respondido el 23/01/2010:
non grata????:
http://fantasti.cc/video.php?id=367325&em=&kind=t&search=1
anonimo ha respondido el 23/01/2010:
INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
PRIMERA PARTE
CapÃtulo I.
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivÃa un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocÃn flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumÃan las tres partes de su hacienda. El resto della concluÃan sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los dÃas de entresemana se honraba con su vellorà de lo más fino. TenÃa en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que asà ensillaba el rocÃn como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenÃa el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosÃmiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerÃas, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerÃas en que leer, y asÃ, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecÃan tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecÃan de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafÃos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leÃa: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdÃa el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don BelianÃs daba y recebÃa, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejarÃa de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allà se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál habÃa sido mejor caballero: PalmerÃn de Ingalaterra o AmadÃs de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decÃa que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podÃa comparar, era don Galaor, hermano de AmadÃs de Gaula, porque tenÃa muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentÃa no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los dÃas de turbio en turbio; y asÃ, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasÃa de todo aquello que leÃa en los libros, asà de encantamentos como de pendencias, batallas, desafÃos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leÃa, que para él no habÃa otra historia más cierta en el mundo. DecÃa él que el Cid Ruy DÃaz habÃa sido muy buen caballero, pero que no tenÃa que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés habÃa partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles habÃa muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. DecÃa mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veÃa salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel Ãdolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenÃa, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, asà para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él habÃa leÃdo que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y asÃ, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentÃa, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habÃan sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orÃn y llenas de moho, luengos siglos habÃa que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenÃan una gran falta, y era que no tenÃan celada de encaje, sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacÃan una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podÃa estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que habÃa hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la habÃa hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finÃsima de encaje.
Fue luego a ver su rocÃn, y, aunque tenÃa más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro dÃas se le pasaron en imaginar qué nombre le pondrÃa; porque, según se decÃa él a sà mesmo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sÃ, estuviese sin nombre conocido; y ansÃ, procuraba acomodársele de manera que declarase quién habÃa sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenÃa a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y asÃ, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que habÃa sido cuando fue rocÃn, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sà mismo, y en este pensamiento duró otros ocho dÃas, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde -como queda dicho- tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debÃa de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso AmadÃs no sólo se habÃa contentado con llamarse AmadÃs a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó AmadÃs de Gaula, asà quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocÃn y confirmándose a sà mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. DecÃase él a sÃ:
-Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahà con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la Ãnsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mà a su talante''?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo habÃa una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle tÃtulo de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas habÃa puesto.
CapÃtulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacÃa en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y asÃ, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del dÃa, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandÃsimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad habÃa dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballerÃa, ni podÃa ni debÃa tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, habÃa de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que asà lo hicieron, según él habÃa leÃdo en los libros que tal le tenÃan. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo querÃa, creyendo que en aquello consistÃa la fuerza de las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
-¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de mañana, desta manera?: «Apenas habÃa el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habÃan saludado con dulce y meliflua armonÃa la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel».
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo:
-Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mÃas, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mÃo en todos mis caminos y carreras!
Luego volvÃa diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
-¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habÃan enseñado, imitando en cuanto podÃa su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel dÃa caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel dÃa, y, al anochecer, su rocÃn y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubrirÃa algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecÃa.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veÃa o imaginaba le parecÃa ser hecho y pasar al modo de lo que habÃa leÃdo, luego que vio la venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecÃa castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos destraÃdas mozas que allà estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto, sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos -que, sin perdón, asà se llaman- tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacÃa señal de su venida; y asÃ, con estraño contento, llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
-No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballerÃa que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala visera le encubrÃa; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles:
-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez además la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante; que el mÃo non es de ál que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacÃfico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente; y asÃ, le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:
-Para mÃ, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, etc.
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano habÃa sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje; y asÃ, le respondió:
-Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre velar; y siendo asÃ, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel dÃa no se habÃa desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que comÃa pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote decÃa, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se habÃan reconciliado con él; las cuales, aunque le habÃan quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traÃa atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y asÃ, se quedó toda aquella noche con la celada puesta, que era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traÃdas y llevadas que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino,
o Rocinante, que éste es el nombre, señoras mÃas, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el mÃo; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que las vuestras señorÃas me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oÃr semejantes retóricas, no respondÃan palabra; sólo le preguntaron si querÃa comer alguna cosa.
-Cualquiera yantarÃa yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me harÃa mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel dÃa, y no habÃa en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en AndalucÃa bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comerÃa su merced truchuela, que no habÃa otro pescado que dalle a comer.
-Como haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto más, que podrÃa ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenÃa puesta la celada y alzada la visera, no podÃa poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y ponÃa; y ansÃ, una de aquellas señoras servÃa deste menester. Mas, al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebÃa en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, asà como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo, y que le servÃan con música, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podrÃa poner legÃtimamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballerÃa.
CapÃtulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero
Y asÃ, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero, y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesÃa me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedÃa.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mÃo -respondió don Quijote-; y asÃ, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel dÃa me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballerÃa y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenÃa algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oÃrle semejantes razones, y, por tener qué reÃr aquella noche, determinó de seguirle el humor; y asÃ, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedÃa, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecÃa y como su gallarda presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se habÃa dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde habÃa ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se habÃa venido a recoger a aquel su castillo, donde vivÃa con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenÃa y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.
DÃjole también que en aquel su castillo no habÃa capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad, él sabÃa que se podÃan velar dondequiera, y que aquella noche las podrÃa velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harÃan las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntóle si traÃa dineros; respondió don Quijote que no traÃa blanca, porque él nunca habÃa leÃdo en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traÃdo. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se escribÃa, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se habÃa de creer que no los trujeron; y asÃ, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebÃan, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatÃan y salÃan heridos habÃa quien los curase, si ya no era que tenÃan algún sabio encantador por amigo, que luego los socorrÃa, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveÃdos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y, cuando sucedÃa que los tales caballeros no tenÃan escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecÃan, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podÃa mandar como a su ahijado, que tan presto lo habÃa de ser, que no caminase de allà adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que verÃa cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y asÃ, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballerÃa que esperaba. Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponÃa los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que podÃa competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacÃa era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sÃ. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y, puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mÃa, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allà a poco, sin saberse lo que habÃa pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mÃo!
Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podÃa, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les habÃa dicho como era loco, y que por loco se librarÃa, aunque los matase a todos. También don Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentÃa que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la orden de caballerÃa, que él le diera a entender su alevosÃa:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasÃa.
DecÃa esto con tanto brÃo y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometÃan; y, asà por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de caballerÃa luego, antes que otra desgracia sucediese. Y asÃ, llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él habÃa usado, sin que él supiese cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. DÃjole como ya le habÃa dicho que en aquel castillo no habÃa capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistÃa en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenÃa noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podÃa hacer, y que ya habÃa cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplÃa, cuanto más, que él habÃa estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estaba allà pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le mandase, a quien por su respeto dejarÃa.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traÃa un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual, como que decÃa alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habÃan visto del novel caballero les tenÃa la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allà adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo que vivÃa a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le servirÃa y le tendrÃa por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allà adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allà nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen hora.
CapÃtulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
La del alba serÃa cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que habÃa de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballerÃa. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecÃa que no ponÃa los pies en el suelo.
No habÃa andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allà estaba, salÃan unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oÃdo, cuando dijo:
-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salÃan. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo.
Porque decÃa:
-La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondÃa:
-No lo haré otra vez, señor mÃo; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquà adelante más cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenÃa una lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sà aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada dÃa me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquerÃa, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
-¿"Miente", delante de mÃ, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debÃa su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y dÃjole al labrador que al momento los desembolsase, si no querÃa morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que habÃa hecho -y aún no habÃa jurado nada-, que no eran tantos, porque se le habÃan de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le habÃa dado y un real de dos sangrÃas que le habÃan hecho estando enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las sangrÃas por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansà que, por esta parte, no os debe nada.
-El daño está, señor caballero, en que no tengo aquà dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
-¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.
-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballerÃa que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballerÃa alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
-Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
-Asà es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerÃas hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que habÃa traspuesto del bosque y que ya no parecÃa, volvióse a su criado Andrés y dÃjole:
-Venid acá, hijo mÃo, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.
-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!
-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decÃa el labrador- al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temÃades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohÃno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que habÃa pasado, y que se lo habÃa de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentÃsimo de lo sucedido, pareciéndole que habÃa dado felicÃsimo y alto principio a sus caballerÃas, con gran satisfación de sà mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:
-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballerÃa, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividÃa, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponÃan a pensar cuál camino de aquéllos tomarÃan, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocÃn la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venÃan con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecÃa posible los pasos que habÃa leÃdo en sus libros, le pareció venir allà de molde uno que pensaba hacer. Y asÃ, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenÃa y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oÃr, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:
-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decÃa; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedÃa, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decÃs; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballerÃa, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquà os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos prÃncipes que aquà estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oÃda, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-; no le mana, digo, eso que decÃs, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo habÃa dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podÃa, estaba diciendo:
-¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mÃa, sino de mi caballo, estoy aquà tendido.
Un mozo de mulas de los que allà venÃan, que no debÃa de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caÃdo tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caÃdo, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vÃa, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecÃan.
Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podÃa levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo harÃa molido y casi deshecho? Y aún se tenÃa por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuÃa a la falta de su caballo, y no era posible levantarse, según tenÃa brumado todo el cuerpo.
CapÃtulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no podÃa menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creÃda de los viejos; y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a él que le venÃa de molde para el paso en que se hallaba; y asÃ, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decÃa el herido caballero del bosque:
-¿Donde estás, señora mÃa,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que
dicen:
-¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tÃo y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allà un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venÃa de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allà tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentÃa que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua, su tÃo; y asÃ, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenÃa cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
-Señor Quijana -que asà se debÃa de llamar cuando él tenÃa juicio y no habÃa pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?
Pero él seguÃa con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenÃa alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballerÃa más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oÃr los disparates que don Quijote decÃa; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podÃa tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponÃa en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentÃa; y no parece sino que el diablo le traÃa a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidÃa. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentÃa, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondÃa a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él habÃa leÃdo la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oÃr tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerÃas que se han visto, vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
-Mire vuestra merced, señor, pecador de mÃ, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sà hicieron, se aventajarán las mÃas.
En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochecÃa, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que asà se llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres dÃas ha que no parecen él, ni el rocÃn, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de mÃ!, que me doy a entender, y asà es ello la verdad como nacà para morir, que estos malditos libros de caballerÃas que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oÃdo decir muchas veces, hablando entre sÃ, que querÃa hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que asà han echado a perder el más delicado entendimiento que habÃa en toda la Mancha.
La sobrina decÃa lo mesmo, y aun decÃa más:
-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas veces le aconteció a mi señor tÃo estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos dÃas con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y ponÃa mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decÃa que habÃa muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decÃa que era sangre de las feridas que habÃa recebido en la batalla; y bebÃase luego un gran jarro de agua frÃa, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosÃsima bebida que le habÃa traÃdo el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tÃo, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
-Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el dÃa de mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino; y asÃ, comenzó a decir a voces:
-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tÃo, que aún no se habÃa apeado del jumento, porque no podÃa, corrieron a abrazarle. Él dijo:
-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.
-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decÃa a mà bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquà curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerÃas, que tal han parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caÃda con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.
-¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo los queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. HÃzose asÃ, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que habÃa hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle habÃa dicho; que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro dÃa hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,
CapÃtulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librerÃa de nuestro ingenioso hidalgo
el cual aún todavÃa dormÃa. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, asà como el ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado: rocÃe este aposento, no esté aquà algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podÃa ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allà se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenÃan de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los tÃtulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de AmadÃs de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oÃdo decir, este libro fue el primero de caballerÃas que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen déste; y asÃ, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-, que también he oÃdo decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y asÃ, como a único en su arte, se debe perdonar.
-Asà es verdad -dijo el cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él.
-Es -dijo el barbero- las Sergas de Esplandián, hijo legÃtimo de AmadÃs de Gaula.
-Pues, en verdad -dijo el cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, señora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.
HÃzolo asà el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
-Adelante -dijo el cura.
-Este que viene -dijo el barbero- es AmadÃs de Grecia; y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de AmadÃs.
-Pues vayan todos al corral -dijo el cura-; que, a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendr
anonimo ha respondido el 24/01/2010:
muy bien, yo he escrito algo para latinos y nos han insultado... asi que esperamos mas respeto Gracias
anonimo ha respondido el 24/01/2010:
A partir de ahora al que diga la chorrada mas grande se va castigado unos dias a:
http://irlanda.foroactivo.net/index.htm
Asinke cuidadin..
anonimo ha respondido el 24/01/2010:
telaranyas!!!!menuda perra zorra hijaputa q estas echas...guuuuaaaarrrraaaa....
anonimo ha respondido el 24/01/2010:
Telarañaaaaaaaaaas, comete un cagao!
anonimo ha respondido el 24/01/2010:
la gardai es una policia para subnormales,,, vaya panda de inutiles estan hechos...
anonimo ha respondido el 04/02/2010:
vamos a ver, yo me solia meter en este foro hace un año y medio mas o menos, cuando estaba viviendo en ireland, y de verdad que me ayudo mogollon en mi estancia, amigos, trabajo... ultimamente me estoy volviendo a conectar, por nostalgia mas que nada. y la verdad es que no veo mas que basura, post insultando y ha niñatos (YO TENGO SOLO 24) HACIENDO la gracia facil y creyendose los mas funysssss de o´conell st. la verdad es que da un poco de asco. y si, como decis no me volvere a cnectar, puesto que no me gusta lo que veo. pero es una autentica lastima como se ha exado a perder este foro. Un saludo desde Madrid!!
anonimo ha respondido el 04/02/2010:
www/irlanda.foroactivo.net
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